7.17.2012



Del toro al circo

Barcelona, ciudad de marcas propias, opta por una franquicia del Cirque du Soleil

LLÁTZER MOIX

 Xavier Trias dice que no le importaría ver la plaza de toros Monumental convertida en sede europea del Cirque du Soleil. Intuyo que el alcalde de Barcelona aprecia en este hipotético matrimonio una doble virtud: por una parte resolvería el problema del coso, que tras la prohibición de los toros dormita infrautilizado, y por otra asociaría Barcelona a una marca de éxito global.

 Pero dar nueva vida a la Monumental no será fácil. Y menos sin derribarla previamente. Si a la actual propiedad le dijeran que puede demolerla y construir allí pisos quizás ya no habría problema. (Bueno, dada la salud del sector inmobiliario, quizá sí.) Pero el edificio está protegido. Queda también la opción del centro comercial, pero ya se practicó en las Arenas, que está en la misma calle y cuyas obras de adaptación fueron costosas. De ahí que hallar a un nuevo titular que se comprometa a revitalizar la plaza sin pulverizarla sea un objetivo tan deseado como de compleja materialización.

 En todo caso, el Cirque du Soleil parece perfilarse en el horizonte -¿onírico?- de Trias como un ángel salvador. Lo que a principios de los años 80 era un grupo de saltimbanquis callejeros con base en Montreal se ha convertido, treinta años después, en una multinacional que ocupa a 5.000 personas, ha producido una veintena de lujosos espectáculos y ha atraído a cien millones de espectadores. Ahora mismo, Cirque du Soleil tiene ocho shows permanentes en Las Vegas, uno en Los Angeles, uno en Orlando, y dispone de varias compañías girando por todo el mundo. Entre tanto no deja de crecer, habiendo sumado a su tradicional repertorio circense montajes en los que el protagonismo recae en figuras de la música popular, como los Beatles o Michael Jackson, abriendo nuevas líneas de negocio.

 En resumen, Cirque su Soleil se ha convertido en la gran marca circense global. Lo cual tiene mérito. Por edad y sensibilidad, y sin negar su componente de ilusión, todavía asocio el circo a un mundo de carpas polvorientas, fieras achacosas y sobreexplotadas, jefes de pista cursis y trapecistas que me hacían sufrir lo indecible: una precariedad generalizada envuelta en lentejuelas. Pues bien, el Cirque du Soleil le ha dado la vuelta a todo eso. Ha formado a artistas de técnica impecable, ha invertido hasta rayar a la altura de Hollywood y ha reformulado, con creatividad e imaginación -también con cargante almíbar y mucha reiteración- la receta circense.

 Una vez apuntado el marrón que el Ayuntamiento tiene en la Monumental postaurina, y hecho el elogio de sus deseados inquilinos, me pregunto: ¿es buena idea que Barcelona, reconocida por sus marcas culturales de cosecha propia -de Gaudí a Sónar-, convierta la Monumental en una franquicia tan vinculada a Las Vegas? Mi respuesta es no. Pero con la querencia que estamos desarrollando aquí por las cosas de la capital del juego, todo puede ocurrir.

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