10.29.2012

El circo da el salto Las artes circenses se reinventan


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El circo da el salto

Las artes circenses se reinventan. Además de las carpas, el circo estrena nuevos formatos en salas, teatros y festivales, mezcla lenguajes y acentúa su dramaturgia y mensaje social

ES | 26/10/2012 - 09:11h
Si usted tiene hijos pequeños y los ha llevado a ver recientemente un espectáculo de circo, con toda probabilidad habrá pensado: “¡Pero esto no es lo que yo veía, hace décadas, cuando era niño!”. Y, en parte, es verdad. Existe una generación, la que tiene hoy más de 30 años, que tiene grabado en la memoria el formato clásico que triunfaba en la década los setenta. ¿Se acuerdan? Era el circo que se celebraba en carpas, con animales, en pista redonda, dirigido esencialmente a un público infantil, y basado en virtuosismos técnicos, según la ley del más difícil todavía. Era ese mundo celebrado en el cine por Federico Fellini o, hace poco, Álex de la Iglesia.
Sin embargo, desde hace unos años, el circo es mucho más que una sucesión de acróbatas, payasos y elefantes. En la actualidad, hay compañías que han apostado por difundir un mensaje más comprometido. Hay quien ofrece miradas sobre la guerra (es el caso de la compañía francesa Lapsus) o que, como el circo Phénix, reivindican la figura de África. Incluso hay artistas que, más allá del entretenimiento, proponen reflexiones sobre el ser humano. Capas, premio Ciutat de Barcelona de Circo 2011, es “un espectáculo que nos lleva a desvelar secretos y nuestros mundos, desvistiéndonos de las capas que nos cubren para enseñar nuestro autentico ser”. ¡Casi nada! Según Marcel Barrera, periodista especializado, “el circo tradicional era más cercano al entretenimiento. Ahora gracias a las nuevas generaciones, en el mundo circense empieza a haber más inquietudes y empieza a equipararse a las otras artes escénicas”.
Fabrizio Giannini, artista de la compañía Eia y uno de los protagonistas de Capas, explica en qué consiste su espectáculo. “Hacemos un circo contemporáneo de sala. A diferencia del clásico, centrado en virtuosismos técnicos, enfocamos las distintas artes plásticas y escénicas de una forma más global. Se mezcla un poco de todo. El circo ahora es danza, es teatro. Diría que es la suma de las artes del cuerpo. Hoy por hoy el circo es un poco más para adultos”.
Emiliano Sánchez, bailarín, malabarista y clown, director del próximo circo de invierno en el Ateneu Popular de Nou Barris en Barcelona, coincide con este análisis. “La fusión del circo con otras artes ahora es inevitable. Hay que buscar que el público se sienta involucrado y hay que ir más allá de la mera proeza. La clave está en encontrar un punto de provocación y no sólo en la acrobacia, porque el público ya no se sorprende tanto, sino en las ideas, los conceptos y el compromiso. Que es lo original, en un mundo donde todos hacen lo mismo”.
Gran parte de esta pequeña revolución se debe a que las nuevas generaciones de artistas se han formado en academias. Hay que recordar que desde hace 30 años en Francia y Bélgica, países que cuidan mucho al circo, se ha fomentado la educación y el reconocimiento de la profesión. Así, los circenses que cursan estudios superiores hoy por hoy tienen que estudiar historia del arte, dietética, seguridad, derecho, acrobacia, dramaturgia. Y todos tienen que destacar en más de una disciplina. El resultado es el circo más comprometido y sofisticado que se puede ver hoy.
Ignacio Ricci, 25 años, argentino, forma parte de esta nueva ola de jóvenes artistas que se empieza a asomarse en este mundo escénico. Ricci está especializando en un número de equilibrio colgado de una cuerda, en el que une la armonía estética y la habilidad técnica: “Antes el público no sabía si el número era difícil o no, el artista tenía que enfatizarlo a gritos. Ahora, en cambio, el público es más exigente y lo que se valora es mantener la delicadeza del número, no tanto su espectacularidad técnica”.
Vicente Llorca es director de la revista Zirkolika, publicación de referencia en el sector y organizador de varios eventos. “Antes el oficio se transmitía de padres a hijos, como el de zapatero. Pero ahora los jóvenes formados montan su propia compañía, se especializan, promueven un lenguaje independiente y llevan el circo fuera de la carpa más a la calle”, explica. En los festivales hoy es fácil encontrarse con espectáculos circenses con números que se articulan como si siguieran un guión y recrean ambientaciones históricas. Por ejemplo, Call me Maria rinde homenaje a la Barcelona de los años 50 a través de una historia que combina circo, danza, teatro y rock & roll y fue nominado a distintos premios el año pasado.
“El circo se está metiendo en las salas y en teatros, festivales, ferias. Ahora se cuida mucho el lenguaje estético, el contexto y el drama. Los espectáculos presentan un lenguaje fresco, potencian la armonía del gesto, la fotografía, la música en directo. Se cuida el vestuario, el maquillaje. Y a veces tocan temas de actualidad, hasta hablan de la crisis”, señala Llorca. De alguna manera, añade, “son espectáculos más íntimos. Antes el actor era más un divo solitario, una estrella, ahora sus cualidades están al servicio de la función, de la historia y del argumento”.
Leandro Mendoza, director artístico de la Central del Circ en Barcelona, reconoce que conviven ahora varios mundos. Antes el circo era homogéneo, ahora es plural y fusiona muchos registros. “En los últimos años han aparecido compañías, como la del Cirque du Soleil, en la que la tecnología llega a tener más presencia que el propio artista. Pero, al mismo tiempo, emerge un circo más cálido, cercano, donde se trabaja más la textura, con pocos objetos y donde se pretende transmitir más sensaciones. Diría que el circo ha bajado a pactos con nuevas artes en busca de un lenguaje propio”.
Esta renovación, en todo caso, no significa que el circo tradicional haya muerto, ni mucho menos. De hecho, en el mundo circense hay mucho debate. Los que pertenecen al estilo más clásico, artistas en su mayoría autodidactas y miembros de grandes familias, sostienen que el circo contemporáneo, al privilegiar más los efectos visuales, la dramaturgia y la puesta en escena y al no hacer tanto énfasis en la técnica, no sería auténtico circo. Pero, en el otro frente, los más vanguardistas consideran que los espectáculos de carpa de toda la vida son caducos y hasta decadentes. El debate, por lo tanto, sigue abierto.
Más allá de la polémica, lo que une la profesión, en todas sus vertientes, es la exigencia que requiere el oficio. Aunque no se tenga que dormir obligatoriamente en una caravana como podía ocurrir en el pasado, el circo es muy sacrificado, requiere dedicación constante, y absorbe completamente. Según contaba Pepa Plana, payasa, en el Cirque du Soleil los ensayos en los días previos del estreno son casi maratonianos: 12 horas. Para darse cuenta de lo dura que puede llegar a ser la vida circense, basta darse un paseo por la Cental del Circ, un espacio municipal en Barcelona acondicionado para la creación de espectáculos y que pone a disposición recursos para el entrenamiento, ensayo, creación, investigación y formación continua. Frecuentado cada día por decenas de jóvenes (la mitad tiene menos de 30 años), los artistas comparten sus trabajos como si vivieran una comunidad. Intercambian sus impresiones, aprenden el uno del otro, se retroalimentan.
Ignacio Ricci acaba de presentar un ensayo de un ejercicio que ha durado cinco minutos, pero que ha tardado dos meses en preparar. Mereció la pena. “El circo impulsa el desarrollo de la inteligencia y memoria corporal. Uno se siente cómodo con su cuerpo, siente consciencia de él. El mayor riesgo es que no sabes cuánto durarás. Solicitamos nuestro cuerpo pero no sabemos muy bien cuáles son los límites. Por eso, hay que estar siempre entrenados”. Joan Ramón Graell, presidente de la Associació de Professionals de Circ de Catalunya (que, por cierto, se está recuperando de una lesión), subraya que el esfuerzo compensa. “Hacer circo te aporta una gran sensación de libertad y de honestidad. Para triunfar se precisan las ganas y la suerte de no hacerse daño. Porque el circo, no hay que olvidarlo, es riesgo. Siempre hay algo de peligro”.
El otro obstáculo, más a nivel laboral, al que se enfrenta la profesión, es la precariedad. En general, hay muy poca seguridad. ¿Se puede vivir del circo? Definitivamente, sí. Tampoco hay que fijarse como meta la de Guy Laliberté, el fundador del Cirque du Soleil, que se ha convertido según la lista de Forbes, en uno de los hombres más ricos del planeta. Por lo general, los que consiguen montar su propia compañía o que participan en acontecimientos yfestivales se ganan la vida como cualquier otro artista escénico. Con todo, la mala coyuntura, igual que ocurre en muchas otras actividades culturales, también se nota en este gremio.
El circo vivió un gran boom entre los años 2004 y 2010. Pero en el último bienio no hubo grandes producciones y, como señala Barrera, “ha habido un claro parón”. Los festivales tardan en pagar y en algunos casos hay que esperar meses antes de cobrar.
De acuerdo con un informe del Consell Nacional de la Cultura i les Arts (Conca) de la Generalitat de Catalunya, “el circo no es alieno a la profunda crisis económica global que afecta a toda Europa. Se ha producido una caída del 50% de los espectáculos de circo contratados, a causa de la reducción de presupuesto de los ayuntamientos y, especialmente, de los presupuestos relacionados con el ocio y la cultura. Esta situación desencadena una serie de situaciones que afectan directamente al desarrollo de la profesión”. De hecho, para ir tirando los artistas hoy hacen un poco de todo: de comerciales, contables y distribuidores. Esperando que los tiempos mejoren. 
Pese a las dificultades, el circo tiene un potencial tremendo todavía por explorar. “Creo que en un marco decadente, el circo mantiene una cierta línea ascendente. Gana espacios, tal vez es un movimiento lento, que viene con cierto retraso”, dice Leandro Mendoza. Como destacaba Marcel Escolano, cofundador de la escuela de circo Rogelio Rivel y miembro de la compañía Los Galindos: “Entre las distintas artes escénicas, el circo constituye un reducto. Es el que ha tardado más en institucionalizarse, en etiquetarse y a formar parte del circuito de la producción cultural y de las subvenciones”. De alguna manera, sigue siendo un lugar de libertad donde los artistas, asegura Escolano, todavía “trabajan con lo intangible”. Fabrizio Giannini está de acuerdo. “Es un arte florido. Y hay que seguir creando, como un niño que acaba de nacer. Esto es el circo”. 


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